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Un abrigo, un chaleco y un fajín, testigos mudos del ‘Pozo de los horrores’

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Palencia, 22 may (EFE).- Alumnos y profesores de la Escuela de Arte Mariano Timón de Palencia trabajan en la recuperación de un abrigo, un chaleco, un fajín y un cinturón hallados junto a los restos de sus dueños en ‘el pozo de Los Alfredos’, una fosa común de la Guerra Civil en Medina del Campo (Valladolid), y unen cada fragmento, como si de un puzzle se tratara, para desenterrar una parte de la historia de España.

Alumnos y profesores del Grado de Conservación y Restauración de Textiles de Palencia restauran piezas de la ropa hallada en una fosa común de Medina del Campo (Valladolid) y recuperan gran parte de un abrigo, un chaleco y un fajín. EFE/Almudena Álvarez

El pasado mes de agosto, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Valladolid concluyó los trabajos de exhumación en el denominado ‘pozo de los horrores’ ubicado en la Finca de los Alfredos, donde se han hallado los cuerpos de 63 personas ejecutadas durante la Guerra Civil, 26 en la antigua bodega y 37 en el pozo.

Alumnos y profesores del Grado de Conservación y Restauración de Textiles de Palencia restauran piezas de la ropa hallada en una fosa común de Medina del Campo (Valladolid) y recuperan gran parte de un abrigo, un chaleco y un fajín. EFE/Almudena Álvarez

Entre estos últimos, además de restos humanos se han recuperado restos de la ropa que llevaban puesta, que se ha conservado casi milagrosamente por las condiciones de la zona en la que han estado durante todo este tiempo.

“La conservación de los tejidos no es normal, pero las propiedades del pozo, muy estrecho y profundo, la ausencia de luz y oxígeno y la compactación de todo lo que se depositó en él, ha propiciado su conservación”, explica a Efe Iván Mateo, profesor de Conservación y Restauración de Indumentaria de la Escuela de Arte Mariano Timón.

Él forma parte del grupo de profesores y alumnos de 4º curso, especialistas en restauración de textiles, que se está encargando de recuperar los restos hallados en aquel pozo, del que se extrajeron amasijos de tela, tierra y arena en bloques que “se fotografiaron, numeraron y documentaron, antes de intervenir con tratamientos que evitaran que la pieza se descompusiera”, como explica Elsa Cuadrado, una de las tres alumnas que, junto a Charo González y Eva Arnaiz, trabaja desde el pasado mes de octubre en esta restauración.

Bisturís y palillos les sirvieron para deshacer cada amasijo, quitar los restos de tierra y cal, de bello y sangre, para quedarse con el tejido que limpiaron con humedad controlada antes de estirar, alinear y colocar hilos, tramas y urdimbres. Después hubo que leer cada trozo, casar los fragmentos y reconstruir lo que resultó ser “la mitad de un abrigo masculino, parte de un chaleco y muchos restos de lo que podría ser una camisa o un forro”, explica Iván Mateo.

“Cada día íbamos descubriendo lo que podía llegar a ser, pero nunca pensamos que podríamos rescatar una pieza tan grande”, aseguran las alumnas, mientras reconocen que la intervención ha sido “muy dura” porque durante horas de trabajo (16 cada semana) han respirado el olor a sangre que se había quedado impregnado en cada trozo de tela, mientras el silencio se instalaba en el taller y sus cabezas retrocedían a 1936. “En el chaleco había una gran cantidad de sangre y de pelo humano. Incluso hay agujeros que podrían ser de las balas”, añade el profesor.

Todas las piezas pertenecen a la misma persona, aún por identificar. Y, aunque lleven tanto tiempo dormidas en el pozo de los horrores, han vuelto a ver la luz y se han unido para hablar del que un día fue su dueño y de una historia que quiso enterrarse y ahora vuelve al presente a través de la ropa.

“Su portador era un hombre de complexión fuerte y con un poder adquisitivo importante porque es una pieza de confección hecha a medida por un sastre”, señala Mateo. “Tiene un bolso tipo parche, muy común en los abrigos del modelo Ulster”, añade Elsa Cuadrado.

Porque además de recuperar y unir piezas, han buceado en la historia y sus pesquisas les han llevado a concluir que era un abrigo de moda en la época, lo que confirmaría su pertenencia a una clase social acomodada porque “en aquellos tiempos no todo el mundo se podía permitir ir a la moda”, señala Iván Mateo con la cautela de saber que solo el ADN podrá confirmar la verdadera identidad de su propietario.

Aunque, nunca se sabe, “hasta podría ocurrir que alguien lo identificara por alguna foto de un familiar que vistiera este abrigo”, desea el profesor.

Durante los trabajos de exhumación realizados por la ARMH en el Pozo de Medina también se encontró un fajín y un cinturón. De su recuperación y conservación se encarga un grupo de alumnos de 3º, la mayoría procedentes de Bellas Artes de Sevilla que también se están especializando en conservación y restauración textil en Palencia, la única especialidad de este tipo en España.

En este caso los criterios de intervención tenían como prioridad “mantener las constantes de la pieza ya que se trataba de un material orgánico que ha estado en condiciones extremas y que había que estabilizar”, como explica a EFE la profesora y restauradora Cristina Quijada.

“Por eso ha estado tres meses encapsulada en un contenedor aislado, controlando la humedad y temperatura, antes de intervenir sobre ella”, añade. Después, con el máximo respeto y la mínima intervención se está recuperando un fajín masculino con agujeros de metralla y manchas de sangre y un cinturón que tiene las marcas de la pérdida progresiva de peso de su propietario.

Para todos, alumnos y profesores, la experiencia ha sido única porque no son piezas habituales en esta escuela acostumbrada a restaurar indumentaria religiosa como casullas o alfombras, amén de curiosidades como el traje de luces de Ignacio Sánchez Mejías que está en el Museo Etnográfico de Castilla y León, el traje de vistas de La Alberca, o trajes del Museo del Traje de Morón de Almazán (Soria).

“Era una oportunidad muy interesante porque la metodología de intervención es diferente, pero sobre todo porque es un trabajo con un valor emocional muy grande”, explican los alumnos Carmen Trujillo y Javier Asencio. “Además hemos recogido muestras de pelo y de sangre que en un futuro podrían servir para identificar a las personas que fueron tiradas al pozo”, añade su compañera Ana María Herrera.

De hecho, tanto en un caso como en otro, se ha querido conservar todo, las manchas, las arrugas, los agujeros, los hilos sueltos, porque cada centímetro tiene su historia. Una historia que podrá leerse sobre la tela como si de un mapa se tratara, porque está escrita con sangre y balas y se ha conservado bajo el peso de la tierra, el tiempo y el miedo.

Almudena Álvarez

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