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El Teatro Real vuelve a cantar gloria a «Aída» y paz en el mundo

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Javier Herrero.

La soprano Krassimira Stoyanova (c-i), en el papel de Aída, y el bajobarítono Carlos Álvarez, como Amonasro (c-d), este lunes durante la representación de "Aída", de Giuseppe Verdi, con la que el Teatro Real levanta el telón de su temporada 22/23 en la producción emblemática de este espacio de Hugo de Ana y con la asistencia de los Reyes. EFE/ Javier Del Real | Teatro Real

Madrid, 24 oct (EFE).- El escenario del Teatro Real ha levantado hoy el telón a la temporada 2022/2023 bajo un valor seguro, «Aída» de Giuseppe Verdi, la ópera más representada de su historia (lo será en unos días) y con la misma producción que poco después de su reapertura hace 25 años probó que podía jugar en las grandes ligas.

Este lunes lo han vuelto a corroborar los 8 minutos de aplausos del público que, en presencia de los Reyes, como suele ser habitual en este acto inaugural, han reconocido de nuevo el valor del espectacular montaje del director de escena Hugo de Ana, estrenado en este mismo espacio en 1998 y repuesto en 2018.

Entre los más de más de 1.600 asistentes de esta noche de gala, otras autoridades como la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet; el ministro de Cultura, Miquel Iceta; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, o el alcalde de la ciudad, José Luis Martínez-Almeida.

Todos ellos han celebrado la dirección musical del italiano Nicola Luisotti, pero también el desempeño del trío principal de solistas: la soprano Krassimira Soyano (Aída) en su debut en el Real, la mezzosoprano Jamie Barton (Amneris) y el tenor Piotr Beczala (Radamés), en la segunda vez que encarna este papel.

Para el estreno oficial se ha contado además con las voces del bajo Alexander Vinogradov (Ramfis) y del barítono español Carlos Álvarez (Amonasro), quien se ha enfrentado por primera vez a este reto con solvencia y el reconocimiento de los asistentes.

Fue en 1871 cuando el Teatro del Jedive de El Cairo presentó por primera vez esta obra con libreto en italiano de Antonio Ghislanzoni y convertida desde entonces en una joya habitual de los repertorios operísticos, especialmente del Real, al que llegó tres años después de su estreno mundial.

De hecho, superará a «Rigoletto» como la ópera más representada en la capital cuando el próximo 14 de noviembre hayan concluido las nada menos que 20 funciones previstas de su actual reposición, una proeza que, por sus dimensiones, habla de lo engrasada que está la maquinaria mecánica y también humana de este espacio.

Se encargan de distribuirse el peso de tamaña producción casi 300 artistas entre bailarines, actores, el Coro y la Orquesta del Teatro Real, tres repartos y hasta tres directores musicales (en los próximos días también cogerán la batuta Daniel Oren y Diego García Rodríguez).

UN MONTAJE MÁS CURTIDO.

En lo puramente técnico, el montaje de De Ana se ha encontrado en su vuelta al coliseo madrileño bajo la coproducción con el Abu Dhabi Festival con una caja escénica recién renovada (el motivo por el que se ha retrasado levemente el inicio de la temporada en estas tablas).

Más curtido, ha ofrecido unas videoproyecciones actualizadas con el propósito de «crear una magia y distancia entre el ojo del espectador y lo que se va a desarrollar en el escenario para introducirnos musicalmente en un mundo que no es inmediato», tal y como explicó el director de escena en rueda de prensa.

La espectacularidad se ha dejado sentir ya con el macizo telón plagado de jeroglíficos que ha recibido a los espectadores (chapas de telón teñidas, en realidad) y ha impactado más aún al descubrir tras él escenas como la procesión inicial frente al gigantesco obelisco en mitad del desierto.

A diferencia de lo que viene siendo habitual en los últimos años en otras óperas clásicas, no hay aquí traslaciones de la trama a un tiempo más cercano para contemporizar su mensaje, sino una producción que explota las posibilidades iconográficas del mundo egipcio.

Así, las lanzas por ejemplo constituyen un efectivo medio para trazar diagonales e incrementar la tensión a la manera de «La rendición de Breda» de Velázquez, mientras que los paños atan a los personajes entre sí sea cual sea su cuna como alegoría del difícil equilibrio social en el amor y la guerra y, como vestuario, sirven a la vez para crear masas de color diferenciadas pero armónicas, como en la icónica escena de la pirámide, la del «Gloria a Egipto».

Esa declaración del triunfo sobre los etíopes parece la parte central de la ópera y es de hecho el momento más anclado al imaginario colectivo, pero no ha eclipsado otros más íntimos que cabe reseñar, como el tercer acto, el más aplaudido, con la alta exigencia para Soyano por su omnipresencia a lo largo de casi todos los números, fluctuando constantemente de lo lírico a lo dramático.

Todo para, después de tres horas de música, llegar a las últimas palabras de una Amneris redimida por el amor y entender la importancia musical de esta obra, cuando en estos tiempos de conflicto la némesis de Aída comprenda su error y suplique: «Paz, paz».

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