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Artistas de Zimbabue convierten plantas invasoras en bestias fantásticas

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Domboshava (Zimbabue), 20 sep (EFE).- A lo largo de un camino polvoriento de Zimbabue flanqueado por casitas de ladrillo, chozas redondas con techo de paja y cultivos, dos jirafas permanecen inmóviles y sus largos cuellos se extienden hacia el cielo azul.
Pero estas jirafas no son reales: están minuciosamente tejidas con los tallos de una planta que constituye una plaga invasora en muchas zonas rurales del país africano.
Esa planta, conocida como lantana, es ahora una fuente de ingresos y creatividad para una familia de artistas.
La lantana crece como un arbusto disperso con flores brillantes, hojas fragantes y tallos largos y retorcidos cubiertos de pequeñas espigas y hojas venenosas para el ganado, infestando la tierra en barbecho con matorrales impenetrables.
«La lantana está en todas partes y la gente no la quiere. Por tanto, trato de usar la lantana a través del arte», dice a Efe Joe Zata, de 48 años, en su casa situada sobre un afloramiento rocoso en Domboshava, un distrito a unos 30 kilómetros al norte de Harare.
Zata, artista desde hace 25 años, trabaja con sus tres hermanos.
Aunque algunas comunidades de la India utilizan lantana para fabricar muebles, al creador zimbabuense se le ocurrió la idea de emplearla durante un confinamiento por covid-19 en Zimbabue en 2020.
«Sencillamente, experimenté durante la covid. Hice un elefante y lo vendí en una feria. Así fue como empecé», recuerda.
Hoy día, él y sus hermanos venden dos o tres piezas al mes. Pueden ganar hasta 1.200 dólares estadounidenses por una sola obra.
Esa es una pequeña fortuna en un país acosado por problemas económicos, incluida una inflación del 285 por ciento que ha erosionado mucho el valor del dólar zimbabuense.

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Estas jirafas no son reales: están minuciosamente tejidas con los tallos de una planta que constituye una plaga invasora en muchas zonas rurales del país africano.


UNA PLANTA INVASORA DE AMÉRICA
La lantana, conocida en el idioma local shona como «mbarapati», es originaria de la América tropical y, al parecer, se introdujo en el país desde la vecina Sudáfrica, adonde llegó por primera vez a través de la ciudad portuaria de Durban (este) en 1883 y floreció.
Durante el último siglo, se ha extendido y convertido en una plaga en el sur de África. En 2001, fue catalogada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como una de las cien peores especies invasoras del mundo.
Thomas Marambanyika, profesor titular en el departamento de Geografía y Sostenibilidad Ambiental en la Universidad Estatal de Midlands de Zimbabue, advierte de que la lantana amenaza la biodiversidad en áreas protegidas y no protegidas del país.
«Hay que aplaudir a personas como el señor Zata por haber presentado esta iniciativa, que convierte una amenaza ambiental en una oportunidad económica», comenta Marambanyika a Efe.
«Esta iniciativa, si se amplía, contribuirá en gran medida a reducir o eliminar la lantana del ecosistema, restaurando así algunas áreas perturbadas o degradadas», subraya el profesor.
Además de servir a un propósito ambiental, Zata considera que su trabajo, que vende en Harare, es principalmente creativo.
Pero hace falta mucho trabajo para que la lantana ceda a su visión artística. Para empezar, es necesario quitar las espinas de los tallos, que se dejan secar antes de que se puedan doblar y moldear.
Ese material puede dar forma a un rinoceronte gigante de pie con un poderoso cuerno hacia arriba, una tortuga enorme o un elefante.
«He vivido toda mi vida en el pueblo», explica Zata. «Crecí viendo animales y realmente los amaba. De ahí vino mi inspiración».


ARTE CON MADERA FLOTANTE
Antes de usar lantana, Zata trabajó con madera flotante: piezas arrastradas por los ríos, frotadas y moldeadas por el agua en formas intrigantes, que aún utiliza para algunas obras.
El hermano mayor de Zata, Collence, dice que aprendieron el oficio de su padre, un agricultor que usaba madera para fabricar yugos para ganado, palos de cocina y morteros para machacar el grano.
«Nuestro arte fluyó de nuestro padre. No era un hombre perezoso. Nos enseñó sobre los árboles», señala Collence, quien, como sus hermanos, renunciaron a la agricultura y optaron por el arte.
«La gente -recuerda- no creía que pudiéramos ganarnos la vida con eso. Pensaron que estábamos haciendo cosas por desesperación”, pero ahora, «estamos recibiendo una respuesta positiva de la comunidad».
Parte de ese aprecio se debe a que emplean a jóvenes como aprendices, ayudándoles a ganar dinero para pagar la matrícula escolar.
Las actividades económicas en Domboshava se limitan a la agricultura a pequeña escala, cada vez más a merced de las lluvias poco fiables, o la fabricación de ladrillos.
Joe Zata asegura que su arte con madera flotante se ha exhibido en Estados Unidos, y hace dos años ganó el primer premio en una exposición de arte local por sus esculturas de una jirafa y un elefante hechos de lantana. «Sólo quiero ir más allá», enfatiza.
Antes, los hermanos dependían de clientes que viajaban a su casa en Domboshava. Ahora, reciben invitaciones para exhibir en la ciudad.
«Eso -concluye- Collence- demuestra que estamos haciendo algo bueno».

Por Oliver Matthews

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